¿QUIÉNES SOMOS Y HACIA DÓNDE VAMOS?

Con Cariño:~Sydney Stair

En un mundo confundido sobre su identidad y su destino, esta pregunta sigue siendo urgente:
¿quiénes somos realmente y hacia dónde nos dirigimos como pueblo de Dios?

Independientemente de la opinión personal que alguien pueda tener acerca del pueblo judío, hay una verdad innegable para todo cristiano: estamos profundamente conectados con ellos por el plan eterno de Dios.

La Biblia nos enseña que los primeros llamados “Pueblo de Dios” fueron los judíos. A través de ellos, Dios reveló Su ley, Sus promesas y, finalmente, al Salvador. Hoy, ese pueblo se ha extendido: la Iglesia es ahora el pueblo de Dios, formada por hombres y mujeres de toda nación que han creído en Jesucristo.

No es coincidencia que los primeros apóstoles de Jesús fueran judíos, ni que las Escrituras declaren que los que creemos por fe somos hijos de Abraham:

“Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham”
(Gálatas 3:7)

Esto nos recuerda que nuestra fe no nació en el vacío. Somos herederos espirituales de una promesa que Dios hizo desde el principio: bendecir a todas las naciones por medio de la fe.

Por esta razón, los seguidores de Jesús pueden ser entendidos como judeocristianos, no por una identidad étnica, sino por una continuidad espiritual. Creemos en el mismo Dios, honramos Su ley moral, servimos al Mesías que vino como judío, y practicamos la fe que vivieron los primeros creyentes del siglo I. No seguimos ideologías humanas ni religiones creadas por hombres; somos hijos de Dios redimidos por Cristo.

¿Hacia dónde vamos?

La Biblia no deja esta pregunta sin respuesta. Nos revela que Jesucristo volverá, y que Su reino no será simbólico ni etéreo, sino real. Las Escrituras declaran que Jerusalén será el trono del Señor, y desde allí gobernará sobre las naciones:

“En aquel tiempo llamarán a Jerusalén: Trono de Jehová, y todas las naciones vendrán a ella en el nombre de Jehová en Jerusalén; ni andarán más tras la dureza de su malvado corazón.”
(Jeremías 3:17)

El libro de Apocalipsis nos muestra una esperanza gloriosa y, al mismo tiempo, un llamado a la fidelidad. Habrá una primera resurrección, donde los muertos en Cristo resucitarán primero, y los que estén vivos serán transformados. No todos morirán, pero todos seremos cambiados. Tendremos cuerpos incorruptibles, preparados para reinar con Él.

Este futuro no es para los cobardes espirituales, sino para los que perseveran. La Palabra es clara:

“Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección…”
(Apocalipsis 20:6)

Después del reinado milenial de Cristo, Satanás será soltado por un breve tiempo y volverá a engañar a muchos. Pero su final está sellado. El mal no vencerá. El diablo, la bestia y el falso profeta serán lanzados al lago de fuego, y su rebelión terminará para siempre.

Una reflexión final

Todo esto nos confronta con una verdad solemne: todos compareceremos delante de Dios. Algunos para recibir recompensa eterna, otros para enfrentar condenación. La diferencia no estará en la religión, la cultura o el linaje, sino en una sola cosa: haber muerto y vivido en Cristo.

“Si sufrimos, también reinaremos con Él; si le negamos, Él también nos negará.”
(2 Timoteo 2:12)

La pregunta ya no es solo quiénes somos o hacia dónde vamos, sino:
¿cómo estamos viviendo hoy a la luz de ese destino eterno?

Con Cariño,

Sydney Stair

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