La Adoración (Parte 1)

Por:~Sydney Stair

La Adoración de Ana (parte1)

Un servicio de adoración al Dios Creador nunca pasa desapercibido. A lo largo de las Escrituras vemos cómo la adoración sincera y profunda desata milagros extraordinarios; lo vemos en Zacarías con el nacimiento de Juan el Bautista y, de forma conmovedora, en Ana con el nacimiento de Samuel. En aquel tiempo, Dios necesitaba un profeta y Ana anhelaba ser madre. Cuando su dolor se transformó en una entrega genuina ante el altar, su clamor tocó el corazón del Padre, demostrándonos que la adoración no es un mero acto religioso ni un recurso para intentar manipular a Dios, sino una expresión pura de comunión donde Él examina las intenciones de nuestro corazón.

Es fundamental comprender que la adoración no se limita a los minutos que dedicamos a la música y al canto dentro de una congregación. La verdadera adoración lo envuelve todo, desde el primer momento hasta el final de nuestra reunión: abarca la intercesión, las oraciones unidas, las canciones, los aplausos, las danzas, las ofrendas y la proclamación de la Palabra. Además, la adoración contempla experiencias profundamente íntimas como la que vivió Ana en Siló, quien en medio de una amargura de alma oró y lloró abundantemente. Llorar en la presencia de Dios jamás es síntoma de debilidad, sino la manifestación de un espíritu quebrantado que el Señor jamás desprecia.

En esa experiencia tan personal, Ana fue sumamente específica en su petición al pedir un hijo varón y prometer dedicarlo al Señor todos los días de su vida. Mientras ella oraba en su corazón moviendo solo sus labios, el sacerdote Elí no logró discernir su quebranto y la tuvo por ebria. Esto nos enseña dos verdades transcendentales: en primer lugar, no es necesario que todo el mundo entienda o conozca lo que le estás pidiendo al Señor en lo secreto; en segundo lugar, no debemos desanimarnos si los demás malinterpretan nuestro dolor. Ana no reaccionó con orgullo ni escondió su realidad, sino que respondió con gracia explicando que simplemente estaba derramando su alma ante el Señor por la magnitud de su aflicción.

Aunque el sacerdote Elí no conocía el detalle exacto de su petición, tenía la autoridad espiritual para declarar sobre ella la paz y la respuesta a su oración. Al recibir esa palabra de bendición, la Biblia registra que Ana se fue por su camino, comió y no estuvo más triste; la congoja y la amargura se disiparon por completo. Si ella hubiera cedido al desánimo y decidido no subir a adorar ese año con la excusa de no sentirse bien, muy probablemente no tendríamos hoy en la Biblia el libro de Samuel. Ir a la presencia de Dios aun en medio de la prueba es el paso de fe que abre la puerta a la manifestación de nuestro milagro.

Con Cariño,

Sydney Stair

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