El Matrimonio: Una Idea de Dios (Parte 3)

Por:~Sydney Stair

Intimidad Profunda, Límites y la Promesa del Mañana

El tercer pilar fundamental para la preservación del diseño edénico nos confronta con la necesidad ineludible de conocernos en total profundidad y vulnerabilidad. Resulta verdaderamente asombroso y alarmante constatar en la consejería pastoral la existencia de matrimonios con más de treinta años de convivencia que, en realidad, operan como perfectos extraños compartiendo un mismo techo. El conocimiento conyugal maduro excede por mucho el saber los gustos superficiales o el color favorito del otro; demanda una exploración intencional del trasfondo de nuestra pareja. Implica comprender con compasión el entorno donde se crió, identificar con paciencia los traumas o heridas que arrastra desde su infancia —incluso abusos o dolores profundos—, descifrar sus complejos, sus temores más íntimos y su temperamento, convirtiéndonos en un refugio de restauración en lugar de un tribunal de juicio severo.

Como cuarto principio de protección, es indispensable resguardar la santidad del hogar mediante el conocimiento y la adecuada supervisión de nuestras amistades mutuas, trazando linderos claros frente al exterior. Un matrimonio saludable entiende que no camina en aislamiento eclesial, pero establece límites estrictos sobre quiénes tienen acceso al círculo de intimidad familiar y con quiénes se ventilan las dificultades conyugales. Como bellamente expresaba el teólogo Dietrich Bonhoeffer: "El amor cristiano ama al otro por amor a Cristo; el amor humano ama al otro por amor a sí mismo". Las amistades de la pareja deben ser firmes aliadas del pacto conyugal, personas maduras que edifiquen la unión y que jamás siembren discordia, asegurando que los consejeros de nuestra vida privada sean siempre promotores de la reconciliación y la fidelidad bíblica.

El quinto pilar requiere que las parejas prioricen de manera inquebrantable el compartir tiempo exclusivo, consagrando al menos un día a la semana para cultivar su amor a solas. Es un error común y peligroso que los matrimonios vuelquen de forma absoluta toda su energía y afecto en la crianza de los hijos, descuidando el fuego del altar conyugal. Los hijos, por ley natural de la vida, crecerán, se desarrollarán y eventualmente dejarán el hogar para formar sus propias familias, dejando a la pareja ante la realidad del "nido vacío". Si no se ha invertido en el vínculo mutuo durante los años de paternidad, ese momento los confrontará con una dolorosa distancia afectiva al encontrarse frente a un extraño; prepararse para envejecer juntos es un acto de sabiduría preventiva que garantiza que los años dorados se reciban en gozo y compañerismo.

Finalmente, las Sagradas Escrituras coronan este diseño divino convocándonos a honrar la fidelidad y la plenitud del afecto en todas las estaciones de la existencia humana. El libro de Proverbios nos instruye con sublime poesía: "Sea bendito tu manantial, y alégrate con la mujer de tu juventud... Como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre" (Proverbios 5:18-19). Esta poderosa palabra nos recuerda que el pacto conyugal no caduca con el paso de los años ni se devalúa ante el marchitar físico; detrás de las arrugas de una esposa sigue habitando la misma jovencita que cautivó el corazón de su esposo. Más allá del desgaste biológico o cualquier disfunción física, el amor conyugal es un reflejo de la fidelidad eterna de Dios, donde ambos permanecen como criaturas plenamente llamadas a dar y recibir afecto mutuo.

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Con Cariño,

Sydney Stair

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