El Orgullo (parte1)
Por:~Sydney Stair
El disfraz sutil de la altivez
El orgullo se te presenta de maneras no detectables y te destruye en formas inimaginables. No siempre se manifiesta de manera arrogante; en muchas ocasiones se presenta vestido de humildad piadosa o de una falsa victimización que busca llamar la atención sobre el propio "yo". Es una trampa silenciosa que nos ciega ante nuestras propias faltas mientras magnifica los errores ajenos. Como bien advertía el escritor C.S. Lewis en Mero Cristianismo: «El orgullo es el mal supremo; la vanagloria, en comparación, es un mero defecto superficial». Nos distorsiona la realidad, haciéndonos creer que no necesitamos de nada ni de nadie, aislándonos sutilmente de la gracia.
El peso de la caída
La única dirección en que te lleva la verdadera humildad es hacia arriba, sin embargo, el orgullo es el inicio de toda caída. La Biblia es tajante respecto a esta ley espiritual al declarar: “El orgulloso y arrogante al fin de cuentas fracasa” (Proverbios 16:18 TLA). Un ejemplo histórico de esto fue el rey Uzías en el Antiguo Testamento; mientras buscó a Dios y se mantuvo dependiente, su reino prosperó, pero en cuanto su corazón se enorgulleció, intentó usurpar funciones sagradas y fue consumido por la lepra en ese mismo instante. La altivez nos hace olvidar la fuente de nuestras bendiciones, y cuanto más alto intentamos colocarnos por nuestra propia cuenta, más doloroso resulta el impacto cuando la realidad nos alcanza.
La victoria de la dependencia
En contraste con la soberbia, la verdadera grandeza no reside en elevarse sobre los demás, sino en agacharse para servir. La Escritura nos recuerda en Santiago 4:6 que “Dios se opone a los orgullosos, pero muestra su favor a los humildes”. Vivir con un corazón dócil no significa tener un concepto bajo de uno mismo, sino pensar menos en uno mismo para dar espacio a Dios y al prójimo. Agustín de Hipona respondía cuando le preguntaban sobre las virtudes del cristianismo: «La primera es la humildad; la segunda, la humildad; y la tercera, la humildad». Reconocer nuestras limitaciones no es muestra de debilidad, sino la mayor prueba de sabiduría.
Un camino de restauración
Para vencer este enemigo silencioso, el primer paso es la honestidad brutal con nosotros mismos frente al espejo de la Palabra. Necesitamos cultivar una postura diaria de gratitud, recordando que nada de lo que tenemos o hemos logrado es producto exclusivo de nuestro propio mérito. En Filipenses 2:3 se nos exhorta: “No hagan nada por egoísmo o por vanagloria; más bien, con humildad, consideren a los demás como superiores a ustedes mismos”. Al despojarnos del disfraz de la autosuficiencia, abrimos la puerta para que la verdadera gracia transforme nuestro carácter y nos sostenga firmes ante cualquier adversidad.
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Con cariño,
Sydney Stair